
Debíamos grabar el nuevo disco sabiendo que nuestra premisa era superar técnicamente lo hecho con “Mil Silencios”. Luego de analizar los pros y contras de cada método, resolvimos priorizar el nuestro alejándonos de los estudios convencionales para disponer del propio tiempo y espacio en nuestra búsqueda.
Tomar este camino implicaba no solo un desafío por dar un paso hacia delante, era un gesto de confianza hacia las aptitudes que cada uno podía desarrollar en la grabación, con el único objetivo de que las canciones queden representadas de la mejor manera posible. Solo que la mejor manera posible, esta vez, dependía de nosotros.
Así se sucedieron las arduas e innumerables jornadas. Convivieron en ellas todos los estados posibles, con una notable predominancia de distensión, alimentada por la presencia de nuestros afectos cercanos. A medida que avanzábamos y se podía vislumbrar el resultado, la satisfacción se iba acrecentando. La satisfacción de haber tomado la decisión correcta a la hora de encarar la grabación, nos inundaba a todos.
Una vez finalizada la grabación y mezcla, enviamos el disco a masterizar a Suecia. Fueron 15 días de vigilia. Una ansiedad insoportable. Hasta que finalmente llegó. Mi reacción personal fue irme a mi casa, sentarme en el sillón, colocarme los auriculares y apretar play. Transcurrían las canciones y pasé de la ansiedad al alivio, lo cual fue originado por no haber prestado la atención correcta. Estaba escuchando pero no estaba oyendo. Hasta que llegó el 1:31 del track 7. Dos compases fueron suficientes para caer en una profunda emoción acompañada de llanto. El sueño estaba vivo. Entonces mi deseo es que exista alguien que cuando tenga “Huésped” en sus manos, pueda llegar a su casa, sentarse en su rincón preferido, calzarse los auriculares, apretar play y contarme que sintió. Estoy esperando ese momento.

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